El nombre que elegimos para nuestros hijos también cuenta una historia

NOMBRE DE BEBE - LUMAFE- CUENTA UNA HISTORIA

Un nombre tiene un origen y un significado. Pero, a veces, una madre le añade algo que ningún diccionario puede definir: una historia.

Cuando estaba embarazada de mis gemelos me enfrenté a una decisión que parecía sencilla hasta que llegó el momento de tomarla: elegir sus nombres.

Me leí un libro de más de 500 páginas lleno de nombres, ordenados de la A a la Z. Había cientos de posibilidades, significados y orígenes. Y aun así, elegir dos nombres me parecía dificilísimo.

En muchos países es habitual tener un primer y un segundo nombre. Yo pensaba: si me está costando encontrar dos, ¿cómo voy a encontrar cuatro?

Así que decidí simplificar.

Quería que cada uno tuviera un nombre que me gustara, pero también quería sentir que ese nombre tenía algo que ver con ese bebé que estaba creciendo dentro de mí.

Los nombres ya tienen una historia antes de llegar a nosotros

Los nombres no comienzan con nuestros hijos.

Muchos tienen siglos de historia. Algunos provienen de personajes bíblicos, santos, culturas antiguas o palabras cuyo significado ha sobrevivido durante generaciones.

También existen historias familiares.

Hay familias donde el abuelo, el padre, el hijo y hasta algún primo llevan el mismo nombre. Nombrar se convierte entonces en una manera de decir: perteneces a esta historia.

Para muchas familias creyentes existe además otra tradición hermosa: elegir el nombre de un santo o de una figura bíblica, algunas veces como segundo nombre. De alguna manera, ese nombre también puede convertirse en un referente para acompañar la vida espiritual del niño.

Pero durante mi embarazo comencé a pensar algo más.

¿Y si además del significado que ya tiene un nombre existe el significado que una madre construye alrededor de él?

No hablo de que un nombre determine la personalidad o el destino de un niño.

Hablo de algo mucho más íntimo.

Una madre lleva a ese bebé en su vientre, lo espera, habla con él, imagina su llegada, atraviesa sus propios temores y esperanzas. Por eso, cuando busca un nombre que represente luz, fortaleza, ternura, liderazgo, esperanza o fe, también está comenzando a contar una historia sobre ese hijo.

Eso fue exactamente lo que ocurrió conmigo.

Lucas: el que trae luz

Entre tantos nombres apareció Lucas.

Su significado suele relacionarse con la luz o con “el luminoso”. Y yo inmediatamente hice mi propia conexión:

Lucas — luz — esperanza.

Además, era un nombre profundamente relacionado con mi fe cristiana. San Lucas es tradicionalmente reconocido como el autor del Evangelio según Lucas y de los Hechos de los Apóstoles, y la tradición cristiana lo identifica también como médico y compañero de San Pablo.

Pero hubo otra pequeña historia que terminó de convencerme.

Durante el embarazo hablaba muchísimo con mi barriga.

Una noche pregunté:

—Bebé, ¿te quieres llamar Lucas?

Y el bebé que estaba del lado izquierdo me dio una patadita.

Me hizo gracia.

La noche siguiente volví a preguntarlo.

Otra patadita.

Después de repetir aquella pequeña conversación varias veces, terminé pensando:

Bueno… creo que este bebé ya eligió su nombre.

Por supuesto, sé que una patadita de un bebé no constituye literalmente una respuesta. Pero para una mamá embarazada aquel pequeño ritual significaba muchísimo.

Lucas se convirtió para mí en luz.

Y con los años esa palabra ha adquirido todavía más significado.

Mis hijos nacieron prematuros y tuvieron que atravesar diferentes controles y evaluaciones médicas. Hoy veo en Lucas a un niño determinado, sincero, observador y perseverante.

Su nombre no creó esas características.

Pero cada vez que pienso en el significado que yo le di durante el embarazo, recuerdo aquella palabra:

luz.

Matías: regalo de Dios

Con el segundo nombre ocurrió algo completamente diferente.

No conseguía decidirme.

Así que hice lo que hago muchas veces cuando no encuentro una respuesta: lo puse en oración.

Durante varias noches le pedí a Dios que me ayudara a discernir cuál sería el nombre adecuado para mi otro bebé.

Al mismo tiempo tenía otra preocupación. Mi embarazo gemelar era delicado y yo pensaba mucho en el parto. Me hacía ilusión tener un parto natural y me preguntaba constantemente cómo terminarían naciendo.

Una noche tuve un sueño.

No recuerdo quién hablaba conmigo, pero recuerdo perfectamente una frase:

“Freida, Matías tiene que nacer por cesárea.”

A la mañana siguiente pensé:

Matías.

Me gustó inmediatamente.

Era corto. Sencillo. Bíblico. Y cuando busqué su significado encontré algo que para mí tenía muchísimo sentido:

“regalo de Dios” o “don de Dios”.

Estaba esperando gemelos.

¿Cómo no iba a tener sentido?

También hice con él mi pequeña prueba maternal.

—Bebé, ¿te gusta Matías?

Sentí una patadita.

Y Matías se quedó.

Después entendí por qué aquel sueño quedó tan grabado en mí

En los días siguientes comencé a notar que Matías no se movía de la manera en que acostumbraba.

Poco después, a las 33 semanas de embarazo, fui al hospital para uno de mis controles debido a la preeclampsia. Mi presión arterial había aumentado y aquella misma mañana decidieron ingresarme.

Mis hijos terminaron naciendo mediante una cesárea de emergencia.

Después de su nacimiento me dijeron que Matías tenía el cordón umbilical alrededor del cuello.

Inmediatamente recordé aquel sueño:

“Matías tiene que nacer por cesárea.”

No puedo afirmar qué fue aquel sueño ni convertirlo en una explicación médica. Pudo haber sido mi mente procesando los temores y preocupaciones de un embarazo de alto riesgo.

Pero desde mi experiencia de fe, aquel sueño quedó unido para siempre a la historia de su nombre.

Y eso es precisamente lo que quiero conservar de aquella experiencia: no una explicación científica, sino el significado que tuvo para mí como madre.

Lucas era luz.

Matías era regalo de Dios.

Y yo estaba atravesando uno de los embarazos más delicados y, al mismo tiempo, más extraordinarios de mi vida.

Entonces comprendí algo sobre los nombres

Con el tiempo he pensado mucho en esto.

Un nombre puede tener un significado establecido por su origen, su idioma o su historia.

Pero nosotros añadimos otra capa.

La historia que vivimos alrededor de ese nombre.

Tal vez por eso elegir el nombre de un hijo puede sentirse como una responsabilidad tan grande.

Queremos encontrar algo que nos represente.

Algo que suene bonito cuando es un bebé, pero también cuando sea adulto.

Algo que podamos pronunciar con amor.

Algo que, quizá, contenga un deseo:

Que seas fuerte.

Que tengas luz.

Que recuerdes que eres amado.

Que vivas con propósito.

Que nunca olvides que eres un regalo.

No significa que el nombre vaya a determinar quién será nuestro hijo. Cada niño desarrollará su propia personalidad, tomará sus propias decisiones y algún día contará su propia historia.

Pero nosotros escribimos las primeras páginas.

Y su nombre está en la portada.

Cuando una mamá duda del nombre que eligió

Hace algún tiempo una amiga me contó que tenía dudas sobre el segundo nombre de su bebé. Era un nombre que había elegido su pareja y llegó incluso a pensar en cambiarlo.

Pero cambiar legalmente el nombre de un niño después de haberlo registrado puede convertirse en un proceso mucho más complicado.

Hablando con ella compartí esta reflexión.

Tal vez no necesitaba buscar desesperadamente otro nombre.

Tal vez podía preguntarse:

¿Qué quiero que este nombre signifique para mí y para mi hijo?

Porque el origen de un nombre pertenece a la historia.

Pero la historia familiar que construimos alrededor de él comienza con nosotros.

Aquella idea le dio tranquilidad.

Y también me hizo comprender con mayor claridad algo que yo misma había vivido con mis hijos.

El nombre no determina su destino, pero puede guardar nuestra intención

Creo que toda madre debería darse la oportunidad de meditar el nombre de su bebé.

Buscar su origen.

Conocer su significado.

Pronunciarlo.

Imaginarse llamándolo dentro de cinco, veinte o cuarenta años.

Preguntarse qué siente cuando lo escucha.

Y, para quienes vivimos nuestra maternidad desde la fe, también podemos llevar esa decisión a la oración.

No necesariamente esperando una señal extraordinaria.

Simplemente haciendo silencio.

Discerniendo.

Preguntándole a Dios qué hay en nuestro corazón.

Porque nuestros hijos algún día serán adultos y construirán sus propias historias. Nosotros no podemos decidir quiénes serán.

Pero sí podemos contarles cómo comenzó todo.

Yo algún día podré decirles a los míos:

Lucas, cuando todavía estabas dentro de mí, pensé en la luz y en la esperanza.

Matías, cuando buscaba tu nombre, oré. Y encontré uno que significaba regalo de Dios.

Y quizá esa sea una de las partes más hermosas de elegir el nombre de un hijo:

el diccionario nos cuenta de dónde viene un nombre; una madre puede contarle a su hijo por qué ese nombre llegó hasta él.

Lumafe

El bienestar también comienza en las historias que elegimos contar con amor.